Dado que estamos en verano, tiempo de mar y de navegar, me pregunto: ¿y si el absentismo laboral tuviera más que ver con la falta de motivación en el trabajo que con otros factores?
Desde hace un tiempo, se habla de forma casi unánime del absentismo laboral en España, con porcentajes elevados en todos los sectores económicos. Personas que no acuden a su puesto de trabajo por enfermedad, por circunstancias personales o, quizá, por una profunda falta de motivación.
Tras la pandemia, que como seres humanos nos puso la vida contra las cuerdas, comprendimos el verdadero valor del único recurso que todos tenemos en la misma medida: el tiempo.
Fue una etapa traumática para todos. Sin embargo, da la impresión de que ya la hemos olvidado. La vida continúa arrollándonos con nuevas exigencias, cambios constantes e innovaciones continuas, por no hablar de la excesiva burocracia a la que estamos sometidos de forma permanente.
Parece que, desde un punto de vista científico, nuestro cerebro —que sigue funcionando con mecanismos muy antiguos— necesita percibir avances, evolucionar y encontrar nuevos retos. Estamos hechos para crecer, para progresar en el plano personal, social y profesional. Cuando eso no sucede en el día a día, el cerebro entra en una especie de modo ralentí. No necesariamente existe un conflicto evidente, pero sí una desconexión con uno mismo y con el entorno que termina convirtiéndose en desmotivación. Y, como consecuencia, la salud acaba resintiéndose.
Esto ocurre cuando dejamos de sentirnos útiles dentro de la sociedad de la que formamos parte; cuando no percibimos avances, ni oportunidades de crecimiento profesional, y, por el contrario, solo encontramos más burocracia y menos atención hacia las personas.
Debemos ir más allá de negociar mejores convenios colectivos o mejores condiciones contractuales, porque eso, por sí solo, no garantiza el bienestar integral de los trabajadores.
Todos necesitamos un propósito que dé sentido a nuestra actividad profesional. Y si empresarios, líderes y directivos no son capaces de transmitirlo, las personas —aunque no exista un conflicto aparente— pierden el interés y, con él, disminuye también la productividad.
El trabajador necesita sentir que forma parte de algo más grande que él mismo, que su labor tiene un significado que trasciende la mera ejecución mecánica de unas tareas. Es cierto que existen profesionales comprometidos que cumplen con excelencia por sus propios valores personales. Sin embargo, cuando el trabajo se limita a un simple intercambio de tiempo por dinero, es fácil que aparezca una sensación de vacío.
Muchas personas no se sienten partícipes del crecimiento de la empresa ni perciben que su aportación sea realmente valiosa. Acaban sintiéndose un número más: creen que no aportan, que no son escuchadas y que, en definitiva, no son importantes.
Todo ello puede derivar en síntomas de ansiedad o depresión, provocados por la pérdida de sentido en la vida profesional.
El liderazgo afronta hoy uno de sus mayores desafíos. Ya no se trata únicamente de evolucionar de un liderazgo vertical a otro más horizontal. El verdadero reto consiste en aprender a escuchar de forma auténtica, inspirar cada día y crear entornos en los que las personas puedan desarrollar su trabajo desde el bienestar.
Vivimos en un mundo donde nuestra atención está constantemente secuestrada por lo digital y por las redes sociales, capaces de generar una gratificación inmediata que, en muchas ocasiones, resulta más intensa que la satisfacción de realizar un trabajo bien hecho.
Hay situaciones que no se solucionan con unas vacaciones.
Necesitamos dibujar un nuevo mapa del liderazgo.
Porque liderar, en esencia, es servir con generosidad.
Lidia Monzón @lidiamonzonmentora
Mentora global, conferenciante y autora.
El equipo de redacción de Más Mujer Online trabaja cada día para traerte información de calidad sobre actualidad, tendencias y los eventos más importantes para las mujeres de Canarias.
Actualidad, tendencias y eventos directamente en tu correo.