Cumplir años no debería significar quedarse al margen. Sin embargo, para muchas mujeres, la jubilación, la marcha de los hijos, la viudedad, una separación o la pérdida progresiva de amistades pueden convertir la vida cotidiana en un territorio de silencios. Canarias empieza a mirar de frente una realidad que durante demasiado tiempo permaneció invisible.
Hay una forma de soledad de la que se habla poco.
No es necesariamente la de una mujer que vive sola. Tampoco la de quien no tiene familia, amistades o personas a las que llamar.
Es una soledad mucho más silenciosa: la de quien ha pasado buena parte de su vida cuidando de los demás y, cuando llega un determinado momento, descubre que ya nadie parece necesitarla de la misma manera.
Los hijos han hecho su vida. El trabajo ha terminado. La pareja puede haber desaparecido. Las amistades se han reducido. El cuerpo empieza a imponer otros ritmos. Y aquello que durante décadas parecía imposible —tener tiempo para una misma— puede acabar convirtiéndose en demasiadas horas sin compañía.
La soledad no deseada tiene rostro de mujer. Y también tiene edad.
En Canarias, esta realidad empieza a ocupar un espacio propio en las políticas públicas. El Gobierno de Canarias ha puesto en marcha AMICA Canarias, un programa dirigido específicamente a mujeres mayores de 65 años que pretende combatir la soledad no deseada, el aislamiento social y la brecha digital, además de favorecer un envejecimiento activo.
El programa parte de una evidencia que merece una reflexión más profunda: la longevidad no siempre viene acompañada de bienestar social.
Muchas mujeres de las generaciones actuales de mayores han construido su identidad alrededor del cuidado. Han cuidado a sus hijos. A sus parejas. A sus padres. A otros familiares. Han organizado casas, comidas, cumpleaños, médicos, colegios, compras y mil pequeñas tareas que rara vez aparecen en un currículum, pero que han sostenido durante décadas a sus familias.
Y cuando esa etapa termina, puede aparecer una pregunta incómoda: ¿Quién soy ahora?
No es una cuestión menor. La jubilación puede suponer la pérdida de una rutina y de relaciones sociales. La marcha de los hijos modifica el papel dentro de la familia. La viudedad puede dejar un vacío emocional y cotidiano enorme. Una separación tardía obliga a reconstruir una vida que quizá llevaba décadas organizada alrededor de otra persona.
Y existe además una circunstancia especialmente importante: muchas mujeres mayores tienen dificultades para recuperar espacios propios porque nunca tuvieron la oportunidad de construirlos.
Esta es probablemente una de las claves para entender el problema. Una mujer puede vivir con su pareja y sentirse sola. Puede tener hijos y no hablar con ellos durante días. Puede acudir a reuniones familiares y regresar a casa con la sensación de no tener con quién compartir realmente sus preocupaciones. Puede tener cientos de contactos en el teléfono y ninguna persona a la que llamar cuando necesita decir: «Hoy no estoy bien.»
La soledad no deseada no se mide únicamente contando personas.
También se mide por la calidad de los vínculos, la sensación de pertenencia y la posibilidad de sentirse escuchada y necesaria.
Por eso combatirla no consiste simplemente en organizar actividades para llenar agendas. Consiste en recuperar conexiones.
Hay otro factor que está transformando la manera en que nos relacionamos: la tecnología.
Buena parte de la vida social, administrativa y laboral se ha trasladado a internet. Citas médicas. Bancos. Administración pública. Compras. Mensajería. Redes sociales. Videollamadas.
Para muchas personas mayores, especialmente cuando existe una brecha digital, esta transformación puede convertirse en una nueva frontera. Aprender a utilizar un teléfono móvil, realizar una videollamada o gestionar una cita online no debería considerarse simplemente una cuestión tecnológica. También es una cuestión de autonomía.
Y, en determinadas circunstancias, puede ser una herramienta para mantener vínculos. Una videollamada no sustituye un abrazo. Pero puede evitar que una persona pase semanas sin ver la cara de alguien querido.
Hay una paradoja especialmente dolorosa.
Muchas de las mujeres que hoy llegan a la vejez pertenecen a generaciones que fueron educadas para estar pendientes de los demás antes que de sí mismas. Aprendieron a cuidar. A resolver. A aguantar. A no molestar. A seguir adelante.
Y ahora necesitamos enseñarles algo diferente: que pedir compañía no es una debilidad.
Que empezar una actividad nueva a los 70 no es ridículo.
Que hacer amigas después de los 65 es posible.
Que aprender tecnología no tiene edad.
Que enamorarse de nuevo tampoco.
Que estudiar, viajar, bailar, emprender un proyecto, escribir, pintar, hacer deporte o simplemente descubrir algo que nunca pudieron hacer también forma parte de una vida plena.
Esta diferencia es fundamental. Hablar de envejecimiento activo no debería reducirse a mantener ocupadas a las personas mayores. Las mujeres mayores no necesitan que alguien les diga cómo «entretenerse». Necesitan espacios de participación, autonomía, decisión y reconocimiento. Necesitan seguir formando parte de la conversación social. Y necesitamos escuchar lo que tienen que decir.
Porque una mujer de 70 años no representa únicamente su edad. Representa décadas de experiencia.
Una mujer que ha criado hijos, trabajado, cuidado familiares, atravesado crisis económicas, construido relaciones, perdido personas, tomado decisiones y aprendido a sobrevivir tiene algo que nuestra sociedad necesita desesperadamente: memoria.
Quizá ahí esté uno de los cambios de mirada que necesitamos.
Durante demasiado tiempo hemos asociado la vejez con dependencia. Pero muchas mujeres mayores siguen trabajando, emprendiendo, creando, cuidando, participando en asociaciones, transmitiendo conocimientos, haciendo voluntariado y sosteniendo redes familiares y comunitarias. Son parte activa de Canarias.
El reto consiste en que puedan seguir siéndolo sin que la edad las expulse de los espacios sociales. Porque luchar contra la soledad no debería significar solamente evitar que una mujer esté sola en casa. Significa evitar que sienta que ya no tiene un lugar en el mundo.
La puesta en marcha de programas específicos para mujeres mayores de 65 años es una buena oportunidad para abrir una conversación mucho más amplia.
¿Qué ocurre con las mujeres después de los 65?
¿Qué pasa cuando dejan de trabajar?
¿Quién las acompaña cuando se convierten en cuidadoras de sus parejas?
¿Qué sucede después de una viudedad?
¿Dónde pueden conocer nuevas personas?
¿Cómo recuperan su autonomía las mujeres que nunca la tuvieron?
¿Estamos preparadas para una sociedad en la que cada vez viviremos más años?
Y, sobre todo:
¿Qué queremos que signifique hacerse mayor siendo mujer?
La respuesta no puede ser resignación. Tampoco invisibilidad. Mucho menos soledad.
Cumplir años debería significar tener más historias que contar, más libertad para elegir y más tiempo para vivir.
Porque una mujer no deja de ser protagonista de su vida cuando cumple 65, 70 u 80 años.
Quizá lo verdaderamente revolucionario sea conseguir que nuestra sociedad vuelva a mirarla, escucharla y preguntarle qué quiere hacer con los años que todavía tiene por delante.
Y que la respuesta sea, simplemente: vivirlos.
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