Una expresión nacida en el lenguaje de los videojuegos se ha convertido en tendencia entre los jóvenes. Pero detrás de ella hay una conversación mucho más profunda sobre carisma, seguridad, identidad y presencia.
Si estos días has escuchado hablar de “farmear aura” y no entendías absolutamente nada, tranquila. No eres tú. Es el idioma de Internet evolucionando a toda velocidad.
“Farmear” procede de los videojuegos y significa conseguir recursos o puntos mediante determinadas acciones. Y “aura”, en el lenguaje de las redes, hace referencia al carisma, la presencia, la seguridad o ese magnetismo que hace que alguien destaque.
Por eso, “farmear aura” significa hacer algo que te haga ganar puntos imaginarios de carisma.
Una entrada espectacular: +1.000 de aura.
Una respuesta brillante: +500.
Un momento ridículo: −3.000.
La broma funciona porque todos sabemos reconocer a alguien que tiene presencia.
Y aquí está lo interesante: quizá los jóvenes hayan cambiado la palabra, pero no han inventado el concepto.
Durante generaciones hemos hablado de personas que “llenaban una habitación”, que “tenían algo especial” o que “se hacían notar”.
Hoy hablamos de aura. Pero cuando hablamos de mujeres, el concepto adquiere otra dimensión.
Durante mucho tiempo se nos enseñó a no ocupar demasiado espacio. A no ser demasiado contundentes, demasiado ambiciosas, demasiado ruidosas o demasiado seguras. Había que destacar, pero sin incomodar. Ser líder, pero sin parecer autoritaria. Tener carácter, pero sin ser “difícil”.
Quizá por eso resulta tan interesante observar cómo las nuevas generaciones están construyendo su relación con la visibilidad.
Las redes sociales han convertido nuestra identidad en algo que también se observa desde fuera.
Publicamos, mostramos, editamos y recibimos aprobación.
Aprendemos qué comportamientos generan reconocimiento y cuáles no.
Y aquí aparece una pregunta importante:
¿Estamos construyendo nuestra identidad o estamos construyendo la imagen que queremos que los demás tengan de nosotros?
Porque el verdadero aura no se puede editar eternamente.
La seguridad se puede fingir. La autenticidad, mucho menos.
Y quizá aquí tengamos algo que decir las mujeres que ya hemos recorrido unas cuantas etapas de la vida.
Una mujer joven puede tener aura por su energía.
Una mujer de 50 puede tenerla por su seguridad.
Una mujer de 60 puede tenerla porque ya no necesita demostrar nada.
Eso también es presencia.
La experiencia, la autoestima, la capacidad de poner límites y la tranquilidad de saber quién eres construyen un tipo de aura que no se consigue con filtros ni tendencias.
Quizá nuestras madres y nuestras abuelas nunca hablaron de “farmear aura”. Pero tenían experiencia. No hablaban de marca personal. Tenían reputación. No necesitaban publicar un vídeo para demostrar que eran fuertes.
Lo habían demostrado viviendo.
Probablemente las dos cosas.
Hay personas con un magnetismo natural. Pero la seguridad, la comunicación, la autoestima y la autenticidad también se construyen. Y quizá el verdadero aura aparezca cuando dejamos de preocuparnos tanto por conseguir que todo el mundo nos mire. Porque al final, tener aura no consiste en llamar la atención. Consiste en no necesitarla para saber cuánto vales. Y eso, generación tras generación, sigue sumando puntos.
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