Hay una escena que se repite mucho más de lo que imaginamos.
Alguien entra en una tienda convencida de que necesita una lámpara nueva. Sale con una alfombra, dos cojines, una vela aromática y la sensación de que, aun así, algo sigue sin encajar. Una semana después mueve el sofá. Dos meses después cambia las cortinas. Empieza a mirar cocinas en Pinterest, aunque la suya tiene apenas cinco años. Dice que está cansada de ver siempre lo mismo.
Y probablemente tenga razón. Solo que, casi nunca, se refiere a la casa. Hay momentos en los que sentimos la necesidad de cambiar el espacio que habitamos sin saber muy bien por qué. Pensamos que necesitamos otro color, otro mueble o una distribución diferente. A veces funciona durante un tiempo. Hasta que vuelve esa sensación difícil de explicar.
Entonces aparece una pregunta. ¿Y si el problema nunca hubiera sido la lámpara?
Quizá llevamos demasiado tiempo creyendo que decoramos casas. Yo creo que, en realidad, decoramos etapas. Porque las casas no cambian porque las decoramos. Las decoramos porque cambiamos nosotras.
Hay quien pinta su dormitorio después de una separación. Quien reorganiza el despacho porque ha empezado a trabajar desde casa. Quien vacía una habitación cuando los hijos se marchan. Quien compra una mesa más grande porque, después de mucho tiempo, vuelven las comidas de los domingos.
Parece decoración, pero la decoración solo es la consecuencia visible de algo que ya había empezado a cambiar.
Las casas evolucionan al mismo ritmo que quienes las habitan. El problema aparece cuando nuestra vida avanza y el espacio sigue esperando a una persona que ya no existe. Quizá por eso hay hogares que dejan de sentirse propios sin que sepamos explicar el motivo.
Vivimos rodeados de imágenes que nos enseñan cómo debería ser una casa bonita: cocinas impecables, salones perfectamente ordenados y dormitorios donde parece que nadie ha dormido jamás. Nos inspiran, sí, pero también consiguen que olvidemos una pregunta mucho más importante.
¿Es una casa bonita o es una casa vivida?
Porque no siempre es lo mismo. Hay viviendas espectaculares donde nadie consigue relajarse y otras mucho más sencillas que tienen algo imposible de comprar: invitan a quedarse. La diferencia rara vez está en el presupuesto. Está en la forma de vivirlas.
Hay un detalle que siempre me llama la atención. Cuando alguien decide cambiar su casa, casi nunca empieza por el lugar donde realmente ocurre la vida. Empieza por lo que se ve. Cambia los cojines del salón, pero sigue desayunando de pie en la cocina. Compra una mesa preciosa que solo utiliza en Navidad. Elige una lámpara espectacular para una habitación en la que apenas entra.
Quizá porque hemos aprendido a decorar para ser vistos, cuando en realidad una casa debería diseñarse para ser vivida.
Una lámpara no ilumina igual una cena entre amigos que una madrugada de insomnio. Una butaca no vale por su diseño si nunca invita a sentarse. Y una casa nunca será mejor porque tenga más cosas, sino porque hace más fácil la vida de quien la habita.
Por eso una casa empieza a convertirse en hogar cuando deja de intentar parecerse a la de los demás. No creo que el buen diseño consista en seguir tendencias. Creo que consiste en hacerse preguntas.
¿Dónde paso más tiempo? ¿Dónde descanso de verdad? ¿Qué rincón evito sin darme cuenta?
Las respuestas nunca han estado en un catálogo. Han estado siempre en ese café que te tomas apoyada en la encimera, en el rincón donde lees antes de dormir o en esa silla donde acaba toda la ropa al llegar a casa.
Las mejores casas que he conocido no son las más grandes ni las más caras. Son las más coherentes. Las que cuentan la historia de quienes viven en ellas sin necesidad de decir una sola palabra. Las que tienen una mesa marcada por años de conversaciones, un sillón que nadie cambiaría porque sigue siendo el mejor lugar para terminar un libro o una fotografía que no combina con el resto de la decoración, pero que nadie quitaría porque recuerda exactamente quiénes somos.
Eso también es diseño. Y, probablemente, sea el más difícil de conseguir.
Así que la próxima vez que sientas el impulso de cambiar algo en casa, espera un momento antes de abrir Pinterest. Antes de buscar inspiración fuera, mira a tu alrededor. Y después mírate a ti.
Pregúntate qué ha cambiado en tu vida para que ese espacio haya dejado de representarte. Puede que descubras que no estabas buscando una lámpara nueva. Ni un sofá. Ni siquiera otra casa.
Probablemente lo que estás buscando es una casa capaz de acompañar la etapa que estás empezando a vivir. Porque quizá la mejor decoración nunca ha consistido en llenar los espacios de cosas bonitas.
Quizá siempre ha consistido en conseguir que, al cerrar la puerta, sientas que ese lugar sigue hablando de ti.
AUTORA:
María del Cristo Benítez Fariña – Decoradora emocional, asesora y autora del libro y método Habitarse.
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