La revista de las mujeres que inspiran
Tendencias

Podría ser cualquier lugar

Por Redacción Más Mujer Online • 30 septiembre 2026 • 7 min de lectura
Dormitorio de una vivienda con maleta abierta y vistas al paisaje de Canarias
Un espacio puede ofrecer comodidad sin borrar la identidad del lugar que lo acoge.

Viajamos para descubrir lugares diferentes, pero muchas veces terminamos habitando espacios que podrían estar en cualquier parte del mundo. ¿Qué ocurre cuando el diseño consigue hacernos sentir cómodos, pero borra aquello que hace único al lugar que hemos venido a conocer?

Llegas, dejas la maleta sobre la cama y miras alrededor.

Paredes claras. Madera. Fibras naturales. Dos láminas cuidadosamente escogidas. Una planta junto a la ventana —si tienes suerte, puede que no sea de plástico— y una cocina pequeña donde todo parece estar donde debería. Es bonito. Muy bonito.

Podrías estar en Tenerife. O en Bali. O en Lisboa. En realidad, podrías estar en cualquier lugar.

Cuando viajar empieza a parecerse demasiado

Hay algo curioso en la manera en que viajamos. Recorremos miles de kilómetros buscando conocer sitios diferentes y, sin embargo, cuando llegamos, agradecemos encontrar espacios que se parecen cada vez más entre sí. Dormimos en las mismas camas blancas, desayunamos en mesas parecidas y nos sentamos en terrazas diseñadas con una estética que reconocemos incluso antes de haber llegado.

Quizá porque lo conocido nos hace sentir cómodos. Nos tranquiliza llegar a un lugar nuevo y saber inmediatamente cómo funciona. Pero entonces me pregunto: ¿qué parte del lugar hemos venido realmente a conocer?

Un territorio también se habita

Un territorio no es únicamente aquello que visitamos cuando salimos por la puerta. También está dentro de las casas. En los materiales con los que fueron construidas, en la manera de protegerse del sol o de recibirlo, en una ventana orientada para aprovechar el aire, en los objetos cotidianos, en lo que se cocina y hasta en el lugar donde alguien decide sentarse al final de la tarde.

Las casas nunca surgieron aisladas de aquello que las rodeaba. Antes de que habláramos de estilos, tendencias o interiores fotografiables, las personas ya estaban buscando la manera de vivir mejor en el lugar que les había tocado habitar.

Aquí, en Canarias, basta mirar muchas de nuestras casas tradicionales para entenderlo. El patio no era simplemente bonito. La sombra no era una decisión estética. Los muros, la ventilación, la relación entre el interior y el exterior o determinados materiales respondían al clima, a los recursos disponibles y también a una forma de encontrarnos y hacer vida. En otros lugares las respuestas serán distintas porque también lo son el frío, la lluvia, la luz, el paisaje o las costumbres.

Hay formas de habitar que solo pueden entenderse cuando sabemos dónde estamos.

Cuando la identidad desaparece

Y, sin embargo, muchas veces hacemos desaparecer precisamente eso cuando preparamos un espacio para quien viene de fuera. Queremos que resulte cómodo, neutro, reconocible. Eliminamos aquello que creemos que puede parecer antiguo, extraño o demasiado particular y terminamos creando lugares impecables que podrían  trasladarse a cientos o miles de kilómetros sin que nada cambiara.

Como decoradora, ahí encuentro una contradicción difícil de ignorar.

La comodidad no debería borrar el lugar

Cuando diseñamos para alguien que viaja intentamos que se sienta como en casa. Y tiene sentido. La hospitalidad también consiste en hacer sentir cómodo a quien llega. Pero quizá sentirnos acogidos y sentirnos como en nuestra propia casa no sean exactamente lo mismo. Porque si hemos decidido viajar, tal vez exista también cierto valor en descubrir que durante unos días no estamos en ella.

Dejar que el lugar participe

Eso no significa llenar las paredes de símbolos locales, colocar artesanía como si fuera atrezo o convertir una vivienda en una representación artificial del territorio. La identidad, cuando se fuerza, también puede acabar pareciendo un decorado. Hablo de algo mucho más sencillo: dejar que el lugar participe en el espacio.

Puedo hacerlo a través de un material que pertenece a ese entorno, una pieza realizada por alguien de allí, una fotografía que no podría haberse tomado en ningún otro sitio o una forma concreta de relacionarse con el exterior. Puede estar en una ventana abierta al viento, en una mesa colocada donde cae la sombra a determinada hora o en una cerámica quetodavía conserva las pequeñas irregularidades de las manos que la hicieron.

No hace falta que todo grite dónde estamos. A veces basta con que no lo oculte.

Raíz y latido

Porque para habitar de verdad un lugar tiene que haber raíz, algo que nos recuerde de dónde nace y por qué es como es. Pero también tenemos que ser capaces de sentir su latido: la vida que ocurre ahora, las personas que lo habitan, sus costumbres y esa forma particular de relacionarse con el entorno.

La raíz sin vida corre el riesgo de convertirse en decorado. El latido sin raíz podría pertenecer a cualquier lugar.

Cuando dejamos de visitar y empezamos a habitar

Porque viajar también podría consistir en descubrir que en otros lugares se vive de otra manera. Comemos a otras horas. Caminamos más. Dormimos con una ventana abierta que en casa cerraríamos. Nos sentamos durante demasiado tiempo después de comer. Aprendemos una palabra. Probamos algo que no sabemos pronunciar. Durante unos días modificamos pequeños hábitos sin darnos cuenta.

Y curiosamente, cuando regresamos, no siempre recordamos aquello que parecía más importante.

Alguien nos pregunta por el viaje y terminamos hablando del café que tomábamos cada mañana en la misma esquina, del ruido que hacía la calle al despertarse, de aquella señora con la que coincidíamos al comprar el pan o de la terraza donde nos sentábamos al caer el sol. Pequeñas escenas que probablemente nunca aparecieron en nuestra lista de lugares que visitar.

Quizá sea ahí cuando dejamos, aunque solo sea un poco, de pasar por un lugar y empezamos a habitarlo.

Diseñar el encuentro

Y creo que ahí existe una oportunidad preciosa para quienes diseñamos espacios destinados a recibir a otras personas. No se trata únicamente de ofrecerles una cama donde dormir después de conocer el territorio. El propio espacio puede formar parte de ese encuentro.

Podemos diseñar para que quien llegue encuentre comodidad sin borrar la diferencia. Para que descubra algo sin necesidad de explicárselo. Para que durante unos días su manera de utilizar una casa cambie ligeramente porque también ha cambiado el lugar en el que está.

¿Cuánto de un territorio nos llevamos?

El turismo suele medirse en noches, llegadas, ocupación o lugares visitados. Pero hay otra medida mucho más difícil de calcular: cuánto de un territorio consigue entrar realmente en la experiencia de quien lo visita.

Podemos conocer todos sus miradores y no haber hablado con nadie que viva allí. Podemos fotografiar su arquitectura y dormir en un espacio que ha borrado cualquier rastro de ella. Podemos recorrer un mercado buscando algo auténtico y regresar después a un alojamiento diseñado para no pertenecer a ningún sitio.

La posibilidad de prestar atención

No creo que viajar tenga que convertirse en una búsqueda permanente de autenticidad. También viajamos para descansar, divertirnos, desconectar o simplemente cambiar de escenario. Pero quizá entre comportarnos como si siempre hubiéramos vivido allí y atravesar un territorio sin mirarlo exista otra posibilidad.

La de prestar atención.

A cómo se vive. A qué se hace diferente. A aquello que no encontraríamos en nuestra propia casa. A las pequeñas cosas que, durante unos días, nos obligan a modificar nuestras costumbres.

Permitir que el lugar nos cambie

Porque habitar un lugar, aunque sea temporalmente, no significa apropiarnos de él ni fingir que dejamos de ser visitantes. Quizá significa algo mucho más sencillo: permitir que durante un rato sea el lugar el que cambie nuestra manera de estar.

Y entonces, cuando volvamos a cerrar la maleta, puede que nos llevemos algo que no compramos, que no fotografiamos y que ni siquiera sabemos explicar.

La sensación de haber estado en un lugar que, definitivamente, no podría haber sido cualquier otro.

Por María del Cristo Benítez Fariña – Decoradora emocional, asesora y autora del libro y método Habitarse.

¿Te ha gustado este artículo?
Compártelo con alguien a quien le pueda interesar

Redacción Más Mujer Online

Redacción Más Mujer Online

Redacción Más Mujer Online

El equipo de redacción de Más Mujer Online trabaja cada día para traerte información de calidad sobre actualidad, tendencias y los eventos más importantes para las mujeres de Canarias.

Únete a nuestra comunidad

Recibe cada semana las mejores historias

Actualidad, tendencias y eventos directamente en tu correo.