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La casa que no usamos

Por Redacción Más Mujer Online • 15 octubre 2026 • 6 min de lectura
Interior de una vivienda con una silla junto a una ventana, símbolo de cómo habitamos los espacios de casa
Una casa se diseña también a partir de cómo la vivimos.

¿Y si el espacio que necesitas en casa ya estuviera ahí, pero no supieras verlo? A través de una mirada diferente sobre la decoración y la vida cotidiana, este artículo invita a descubrir cómo habitamos realmente nuestros hogares y por qué, a veces, reservamos más espacio para lo que creemos que debería ocurrir que para lo que de verdad vivimos.

Hay una silla en tu casa en la que probablemente nunca te sientas.

Puede que la eligieras tú. Que compararas modelos, colores y tejidos hasta encontrar la adecuada. Puede incluso que sea una de las piezas que más te gustan de la habitación. Pero nadie se sienta ahí. Está perfectamente colocada, tiene un cojín precioso y cumple estupendamente con su función.

La de parecer una silla.

Las casas están llenas de lugares así. Comedores que esperan invitados, habitaciones preparadas para personas que vienen tres veces al año, terrazas que contemplamos desde dentro y salones impecables mientras nosotros terminamos cenando en una esquina de la cocina.

Y lo curioso es que pocas veces nos preguntamos por qué.

Hemos aprendido bastante bien cómo debería ser una casa. El salón tiene sofá, mesa de centro y televisor. El comedor necesita una mesa suficientemente grande. El dormitorio es para dormir. Si tenemos una habitación libre, probablemente se convierta en una habitación de invitados. Y si hay un rincón vacío, sentimos una necesidad casi inmediata de encontrar algo que poner allí.

Pero después llega la vida y empieza a utilizar la casa a su manera.

La mesa de comedor se llena de papeles. La silla del dormitorio acumula ropa.

Trabajamos con el portátil en la cocina porque allí entra mejor la luz. Los niños hacen los deberes donde estamos nosotros y no en aquel escritorio que compramos precisamente para que hicieran los deberes. Y mientras tanto, seguimos buscando dónde guardar aquello que utilizamos a diario, aunque haya rincones de la casa que apenas pisamos.

Durante mucho tiempo, al entrar en una vivienda como decoradora, una de las primeras preguntas parecía evidente: ¿qué quieres hacer aquí?

Cada vez me interesa más otra: ¿qué haces aquí realmente? Porque las respuestas no siempre coinciden.

Puedes decirme que utilizas mucho el salón y descubrir, hablando un poco más, que en realidad pasas casi toda la tarde en la cocina. Puedes asegurarme que necesitas un comedor y contarme después que sois dos, nunca coméis allí y cuando vienen amigos termináis todos alrededor de la encimera. Puedes pedirme un despacho y reconocer cinco minutos después que llevas años trabajando junto a una ventana porque es el único lugar donde consigues concentrarte.

Ahí empieza a interesarme de verdad una vivienda.

No cuando me cuenta cómo fue distribuida, sino cuando descubro cómo sus habitantes

han aprendido a utilizarla.

Hay pequeños rastros que lo delatan. Un enchufe ocupado permanentemente junto a un sillón. Una manta que siempre acaba en el mismo sitio. Una taza sobre una mesa que, en teoría, no estaba pensada para desayunar. Una silla ligeramente desplazada porque desde allí se ve mejor por la ventana.

Son decisiones diminutas que hacemos sin pensar y que, sin embargo, contienen muchísima información.

Quizá antes de transformar una casa deberíamos observar durante unos días todos esos movimientos. Dónde dejamos las llaves. Dónde hablamos por teléfono. Qué recorrido hacemos nada más despertarnos. En qué habitación buscamos refugio cuando necesitamos estar solos. Dónde acaba reuniéndose todo el mundo, aunque hayamos diseñado otro espacio precisamente para reunirse.

No para encontrar una explicación emocional a cada gesto ni para convertir cada costumbre en una regla. Simplemente porque usar una casa también es una forma de diseñarla.

Y esto plantea una pregunta incómoda: ¿cuántos metros cuadrados de nuestras viviendas están dedicados a la vida que tenemos y cuántos a la vida que creemos que deberíamos tener?

Pensemos en la habitación de invitados.

Durante años puede permanecer disponible, esperando una visita eventual, mientras quien vive allí guarda la máquina de coser en un armario, hace ejercicio entre el sofá y la mesa o trabaja todos los días en un rincón improvisado. Hemos reservado una habitación completa para una posibilidad y obligado a nuestra rutina a acomodarse en los espacios que sobran.

Quizá la hospitalidad también pueda consistir en mover una mesa, abrir un sofá cama o reorganizar una habitación cuando alguien llega. No necesariamente en mantener durante todo el año una parte de nuestra casa esperando a alguien que todavía no está.

Lo mismo sucede con esos salones que parecen tener una frontera invisible. Los ordenamos, colocamos los cojines, dejamos la mesa despejada y después buscamos otro sitio donde vivir. A veces porque resultan incómodos. Otras porque están lejos de donde ocurre la actividad cotidiana. Y otras, sencillamente, porque hemos construido una estancia pensando tanto en cómo debía verse que olvidamos preguntarnos qué queríamos hacer dentro de ella.

Eso no significa que todo tenga que ser práctico ni que debamos justificar cada objeto por su utilidad. Una casa también puede contener belleza sin función, espacios tranquilos y objetos que conservamos por el simple placer de contemplarlos. La diferencia está en no confundir una casa bonita con una casa inmóvil.

Porque una casa que se vive nunca permanece exactamente igual. Tiene una silla que junto a una ventana en invierno y desaparece en verano. Una mesa que unas veces sirve para comer y otras para trabajar. Un rincón que durante unos años pertenece a los juguetes y después necesita convertirse en otra cosa. Los espacios no tienen por qué conservar eternamente la función que alguien escribió sobre un plano.

Quizá por eso una de las partes más interesantes de decorar no sea decidir dónde colocar cada cosa, sino descubrir qué está intentando hacer ya la casa antes de que lleguemos nosotros a ordenarla.

La próxima vez que recorras la tuya, prueba a no mirar si combina, si está ordenada o si  cambiarías aquel mueble. Mira dónde ocurre tu vida.

Puede que descubras que ese rincón al que nunca habías prestado demasiada atención es, en realidad, uno de los lugares más importantes de tu casa. Y aquella habitación a la que has dedicado tantos metros solo está esperando que dejes de preguntarte para qué debería servir.

Porque quizá el espacio que nos falta lleva todo este tiempo delante de nosotros.

Porque quizá el espacio que nos falta lleva todo este tiempo delante de nosotros.

Simplemente no lo estábamos usando.

María del Cristo Benítez Fariña

Decoradora emocional, asesora y autora del libro y método Habitarse.

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