Durante décadas, la menopausia se explicó casi en exclusiva desde el ovario: ciclos irregulares, sofocos, cese de la menstruación. Es, como mínimo, una mirada incompleta. Los estrógenos actúan sobre múltiples sistemas cerebrales implicados en el sueño, la regulación de la temperatura, el estado de ánimo, la memoria, la atención y la respuesta al estrés. Cuando esa señal hormonal empieza a fluctuar, especialmente en la perimenopausia, los síntomas no se quedan en el terreno ginecológico: aparecen también en cómo se duerme, se piensa y se afronta la presión del día a día.
Cuando el sueño se vuelve frágil, cuesta encontrar una palabra que antes salía sola o el estrés se tolera peor que antes, el cuerpo está señalando algo concreto: no es cansancio pasajero ni «cosas de la edad». El cerebro también atraviesa su propia transición hormonal, y entenderlo con evidencia, sin alarmismo, es el primer paso hacia una menopausia informada.
Socialmente, esta dimensión suele minimizarse. Frases como «es el estrés» o «son los años» retrasan una valoración adecuada y dejan a muchas mujeres sin respuestas. La consulta de enfermería especializada en climaterio tiene aquí un papel claro: preguntar más allá del sofoco.
QUÉ HAY DETRÁS DE LA NIEBLA MENTAL
Olvidar una palabra a mitad de frase, perder el hilo de una conversación o necesitar más tiempo para organizar una idea son quejas frecuentes en la perimenopausia. La investigadora Pauline Maki, referente internacional en cognición y menopausia, ha documentado que estos cambios —memoria verbal, atención, velocidad de procesamiento— suelen ser leves y transitorios (3).
Esto no equivale a un riesgo de demencia: en la mayoría de los casos, la función cognitiva se mantiene dentro de la normalidad. Ahora bien, una mujer que arrastra meses de mal descanso, alta carga laboral o familiar y un cambio percibido en su concentración merece una valoración que tenga en cuenta el conjunto, no una frase tranquilizadora de pasillo.
EL SUEÑO: EL PRIMER SISTEMA QUE SE RESIENTE
Los receptores de estrógeno están especialmente concentrados en dos áreas del hipotálamo: el núcleo preóptico, que regula la temperatura corporal, y el núcleo supraquiasmático, que gobierna el ritmo circadiano y el sueño (1). Cuando el estrógeno fluctúa, ambos sistemas pueden desestabilizarse a la vez.
Esto explica por qué el sueño se fragmenta en esta etapa: no siempre por un sofoco evidente, sino por microdespertares repetidos, sensación de inquietud corporal o un descanso que no repara aunque las horas de cama sean suficientes (4). Y cuando el sueño falla, el efecto se propaga: la memoria, la regulación emocional y la tolerancia al estrés dependen directamente de un descanso de calidad.
Por eso, cuando llega la queja de «no me reconozco», pregunto tanto por el sueño como por los sofocos.
UN CEREBRO EN ADAPTACIÓN
La neurocientífica Roberta Brinton propuso entender la perimenopausia como una transición neurológica activa, no como un deterioro (1). Estudios de neuroimagen han observado diferencias en estructura, conectividad y metabolismo energético cerebral asociadas a las distintas fases de la transición menopáusica, con una recuperación parcial de varios de estos parámetros una vez consolidada la posmenopausia (2). Es la imagen de un cerebro adaptándose a una nueva realidad hormonal.
Conviene ser prudentes con estos hallazgos: son herramientas de investigación, no de diagnóstico individual. Lo que sí sostienen es que la dimensión cerebral de esta etapa es real y merece atención clínica, no solo paciencia.
LO QUE REVISO EN LA CONSULTA DE ENFERMERÍA
En una valoración integral reviso el conjunto —sueño, estado de ánimo, antecedentes personales, medicación habitual, posibles causas que coexisten como alteraciones tiroideas, anemia, apnea del sueño o trastornos del ánimo— antes de decidir qué corresponde al climaterio y qué no.
El abordaje, en cualquier caso, es individualizado: lo que ayuda a proteger el sueño y la función cognitiva de una mujer no es necesariamente lo mismo que ayuda a otra, y las decisiones sobre tratamiento —incluida la terapia hormonal, cuando está indicada— corresponden siempre a una valoración clínica personalizada, no a una pauta genérica.
Y ahí está, creo, uno de los pendientes reales del sistema: reforzar la formación específica de los profesionales sanitarios en tres ejes: la promoción de la salud cerebral en esta etapa, la educación —dirigida tanto a profesionales como a las propias mujeres— sobre los mecanismos y el porqué de estos cambios, y el diagnóstico precoz de aquello que no corresponde a la menopausia y que exige derivación.
Comprender qué ocurre no sustituye una valoración clínica. Pero toda mujer tiene derecho a entender, con rigor y evidencia, lo que le pasa en su propio cuerpo. Ese derecho no se negocia.
AUTORA: Nayra Gómez @soynayragomez @menopausiaenredEnfermera especialista en menopausia e inflamación crónica de bajo grado. Cofundadora de “Menopausia en Red”
Referencias bibliográficas
1. Brinton RD, Yao J, Yin F, Mack WJ, Cadenas E. Perimenopause as a neurological transition state. Nat Rev Endocrinol. 2015;11(7):393-405.
2. Mosconi L, Berti V, Dyke J, Schelbaum E, Jett S, Loughlin L, et al. Menopause impacts human brain structure, connectivity, energy metabolism, and amyloid-beta deposition. Sci Rep. 2021;11:10867.
3. Maki PM, JaffNG. Brain fog in menopause: a health-care professional’s guide for decision-making and counseling on cognition. Climacteric. 2022;25(6):570-578.
4. Baker FC, de Zambotti M, Colrain IM, Bei B. Sleep problems during the menopausal transition: prevalence, impact, and management challenges. Nat Sci Sleep. 2018;10:73-95
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