¿Te has despertado alguna vez con la mente revuelta por algo que ocurrió el día anterior? La tristeza, la preocupación o el miedo pueden acompañarnos desde primera hora y condicionar nuestra jornada. Francisca Galante Lorenzo, psicóloga, consultora y autora de Cerebros Despeinados, nos invita a descubrir cinco herramientas para comprender nuestras emociones, cambiar la perspectiva y recuperar el control de nuestras decisiones.
Hay mañanas en las que abrimos los ojos y, antes incluso de levantarnos de la cama, sentimos que algo no está bien.
No ha ocurrido nada nuevo. El día apenas comienza. Sin embargo, una inquietud se instala en el pecho, los pensamientos empiezan a dar vueltas y una sensación de desasosiego parece acompañarnos desde el primer minuto.
Hace unos días, una persona que había leído mi libro Cerebros Despeinados me contó algo que me emocionó especialmente.
La noche anterior había tenido una discusión con su pareja, una persona de la que está profundamente enamorado. Se había acostado con ese malestar que dejan algunas conversaciones cuando no terminan como nos gustaría. Y, al despertar, allí seguía: una mezcla de tristeza, preocupación e inquietud que amenazaba con teñir el resto del día.
Entonces ocurrió algo aparentemente pequeño, pero muy significativo.
Se acordó del libro.
Recordó que no tenía por qué dejarse arrastrar automáticamente por todo lo que estaba sintiendo. Que podía detenerse un momento y observar qué estaba ocurriendo dentro de él.
Y decidió probar.
Primero, detectó el malestar. En lugar de continuar la mañana funcionando en piloto automático, reconoció que algo le estaba afectando.
Después, observó sus pensamientos y emociones. Se preguntó qué estaba sintiendo realmente, qué ideas estaban alimentando aquella inquietud y cómo se manifestaba en su cuerpo.
A continuación, trató de comprender lo que le ocurría. No se trataba solamente de una discusión. Detrás había afecto, miedo a perder la conexión con alguien importante y una serie de interpretaciones que estaban aumentando su desasosiego.
Y entonces llegó una de las partes más interesantes del proceso: reescribir.
Reescribir no significa inventarnos una realidad más agradable ni convencernos de que todo está bien cuando no lo está. Significa revisar la historia que nos estamos contando y preguntarnos si existe otra manera, más realista y menos dañina, de interpretar lo sucedido.
Una discusión no define necesariamente una relación. Un desacuerdo no significa que el amor haya desaparecido. Y una mañana difícil no tiene por qué convertirse en un día perdido.
Finalmente, pudo elegir.
Elegir no sentir otra cosa por obligación, sino decidir qué hacer con aquello que estaba sintiendo. Cómo quería afrontar su jornada, qué pensamientos merecían su atención y desde qué lugar deseaba relacionarse con su pareja y consigo mismo.
No me contó que todos sus problemas desaparecieran. Tampoco que aquella discusión dejara de importarle.
Me contó algo mucho más valioso: había conseguido no entregarle el control de todo su día a una emoción que necesitaba ser escuchada, pero no obedecida ciegamente.
No se trata de pensar siempre en positivo
Vivimos en una sociedad que, con demasiada frecuencia, nos invita a estar bien, a sonreír, a superar rápidamente lo que nos duele.
Pero cuidar nuestra salud emocional no consiste en eliminar las emociones incómodas.
La tristeza, el miedo, la frustración o el enfado forman parte de nuestra experiencia humana. Nos informan de lo que nos importa, de nuestras necesidades, de nuestros límites y de nuestras relaciones.
El problema aparece cuando dejamos de escucharlas y empezamos a funcionar exclusivamente desde ellas.
Cuando una preocupación se convierte en una cadena interminable de pensamientos. Cuando interpretamos un hecho como si fuera una verdad absoluta. Cuando reaccionamos sin darnos tiempo para comprender qué nos está pasando.
Ahí es donde la higiene mental adquiere sentido.
Del mismo modo que incorporamos hábitos para cuidar nuestro cuerpo, podemos entrenar pequeñas prácticas para cuidar nuestra manera de pensar, sentir y responder.
No necesitamos grandes rituales ni disponer de una hora diaria. A veces, una pausa de unos segundos es suficiente para iniciar un cambio de perspectiva.
Cinco pequeños movimientos que pueden cambiar una mañana
Eso es precisamente lo que propongo en Cerebros Despeinados: entrenar cinco competencias que nos permitan recuperar claridad en medio del ruido mental.
Detectar. Darme cuenta de que algo me está pasando.
Observar. Reconocer lo que pienso, siento y experimento sin juzgarme inmediatamente.
Comprender. Preguntarme qué hay detrás de mi reacción y qué necesito realmente.
Reescribir. Revisar mis interpretaciones y abrir espacio a otras perspectivas.
Elegir. Decidir cómo quiero responder, en lugar de limitarme a reaccionar.
No es una fórmula mágica. Es un entrenamiento.
Y, como cualquier aprendizaje, requiere práctica, paciencia y cierta amabilidad con nosotros mismos.
Habrá días en los que lo consigamos y otros en los que volvamos a caer en nuestros automatismos. Eso también forma parte del proceso.
Lo que más me emocionó de aquella conversación
Cuando escribí Cerebros Despeinados, quería que fuera un libro cercano, comprensible y, sobre todo, útil. Un libro que no se quedara en las estanterías, sino que pudiera acompañar a las personas en esos momentos cotidianos en los que la mente se llena de ruido.
Por eso, escuchar aquella historia fue tan especial.
Porque el verdadero valor de una herramienta no está en lo bien que se explica, sino en lo que sucede cuando alguien la incorpora a su vida.
Aquella mañana, una persona se despertó con desasosiego. No pudo cambiar lo que había ocurrido la noche anterior, pero encontró una manera diferente de acompañarse durante el día.
Y quizá ahí reside una de las formas más sencillas y profundas del bienestar emocional: aprender a estar con lo que sentimos sin permitir que cada emoción decida por nosotros.
La próxima vez que te despiertes con la mente revuelta, antes de dar por perdido el día, prueba a preguntarte:
¿Qué me está pasando? ¿Qué me estoy contando sobre ello? ¿Y qué puedo elegir hacer ahora?
Puede que la situación no cambie inmediatamente.
Pero quizá cambie algo importante: tu manera de vivirla.
Porque no siempre podemos evitar que la vida nos despeine. Pero sí podemos aprender a peinarnos por dentro.
Francisca Galante Lorenzo
Psicóloga, consultora y autora de Cerebros Despeinados. El peine que transforma el caos en claridad.
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